El ‘fichero’ de la noche: Una memoria después de 25 años (Parte 1)

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El ‘fichero’ de la noche: Una memoria después de 25 años (Parte 1)

—Acabo de preguntar a tus compañeros quién de toda tu promoción fue el más «fichero» en los exámenes, y todos mencionaron tu nombre. ¡Te llevas la corona! —me dijo un jefe de práctica de la facultad en la última fiesta antes de graduarme. —Felicitaciones —sonrió, estrechándome la mano.

La felicitación me tomó por sorpresa. No sabía si sentirme orgulloso por tal «logro» o sentirme ofendido por la confesión.

—Quizás son mis ganas de querer ser escritor —respondí con una sonrisa. Era una noche de fiesta; no iba a molestarme o incomodarme por tal revelación.

Quizás aquel profesor ya se olvidó de ese momento, y yo aquí contándolo más de veinticinco años después.

Recuerdo que, en la secundaria, en el curso de Religión, nos tocó un profesor muy estricto, a diferencia de otros maestros de esa materia que solían ser más apegados a la bondad y la comprensión hacia unos jóvenes adolescentes que solo trataban de salir cuanto antes del colegio. Pero este profesor, cada vez que había examen, se tomaba el tiempo de pasar de carpeta en carpeta para revisarla y siempre con su famosa frase:

—Sus carpetas suelen estar más al día que los apuntes en sus cuadernos.

Y de verdad, se tomaba mucho empeño en revisar todas las carpetas de los alumnos, además de exigirnos guardar todos nuestros cuadernos en las mochilas y no dejar ninguno en los cajones de los pupitres. Eran momentos de tortura para los alumnos que nos sentábamos al final del salón. A los compañeros ubicados en las primeras filas no les importaba; ellos siempre estudiaban. ¡Ojalá que ahora sean prósperos empresarios y estén dando muchos empleos!

Regresando a aquella época universitaria, y combinándola quizás con la educación del colegio, quiero dar una opinión o una posible defensa. Los profesores se dividen en dos o tres grupos:

  1. El primer grupo son los que exigen que cuando hay un examen, se respondan conceptos concretos, tal cual él explicó o dictó en clase. No podías dar una respuesta interpretativa; tenía que ser una copia exacta de lo que él pronunció.
  2. En el segundo grupo estaban los profesores a los que les gustaba tu punto de vista, tu interpretación de alguna pregunta. Estos eran mis favoritos.
  3. El tercer grupo lo componen aquellos que son más conversadores, que dan un examen donde solo tienes que marcar con un círculo o una equis la respuesta correcta.

 

En mi defensa, odiaba a los profesores del primer grupo porque nunca me gustó ser un «soldadito» y memorizar conceptos para responder un examen. Siempre me fue mal con ellos, y mi mejor (e ilegal) manera de responder era usando fichas. Pasé algunos cursos gracias a ello; no me enorgullezco, pero la vida no suele ser justa con todos.

el fichero del salón

Respecto al segundo grupo de profesores, les tengo una pequeña historia. Teníamos un maestro con la peculiaridad de «aguarnos» los fines de semana. En cierta ocasión, se le antojó que su examen sería un domingo a las siete de la mañana. Recuerdo haber llegado al aula aun con los «humos» de la juerga de horas atrás. Entré más por cumplir que por haber estudiado. Fui uno de los primeros alumnos en entregar la prueba. No me quedé para conversar con ningún compañero; lo único que deseaba era llegar a mi casa a dormir.

El día que el profesor entregó los exámenes de verdad que no quería estar. Cuando me llamó para entregarme el mío, caminé con miedo hacia su escritorio. Pero grande fue mi sorpresa: tenía una de las notas más altas, ¡hasta fui felicitado por el profesor! Ironías que te muestra la vida.

Experiencia con el tercer grupo sí tengo una, pero es merecedora de una historia aparte, pues es la culpable de darme como ganador en aquella encuesta que realizó el profesor al inicio de este relato.

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