Mientras rendía un examen de un curso de mitad de carrera, una de las tres alumnas que estaban en ciclos superiores se percató que tenía una ficha y, muy cautelosa, llegó a mi lado para arrebatármela, cual ganador levanta su copa del triunfo. Para ella, ese día hizo muchos puntos con el profesor de turno; para mí, una derrota total en el curso.

Estoy seguro que la escena nunca fue olvidada por mis compañeros, pero la historia apenas empezaba. A la semana siguiente, cuando el profesor entregó los exámenes, llamaba a cada alumno para que se acercara a su escritorio. Desde ya sabía que todo era un truco para hacer más grande la humillación. Cuando mencionó mi nombre, las miradas de mis compañeros cayeron sobre mí. Me levanté de mi carpeta y me dirigí a su escritorio; los nervios hacían que mis manos sudaran. El profesor me saludó con una sonrisa y me entregó el examen donde claramente pude ver un cero. Mientras regresaba a mi asiento, el maestro me volvió a llamar:
—Señor Zapata, se me olvidó entregarle también su ficha —lo dijo triunfante, mostrando en alto la evidencia de mi mala jugada.
Regresé con el mismo paso lento a recoger la ficha. No recuerdo si hubo risas, o si todos mis compañeros quedaron sorprendidos por la humillación. No recuerdo si el profesor me dijo algo más, nunca bajé la mirada. Si pensó que me había derrotado, que era mi final en su curso, que me jalaría y que nos volveríamos a ver en el siguiente ciclo, estaba equivocado.
Estoy seguro de que cuando aquel jefe de práctica hizo la encuesta de quién fue el más fichero de la promoción, a todos mis compañeros se les vino a la mente aquella escena vivida.
Por aquella época la amistad o convivencia de todos los que nos graduaríamos dos años más tarde no estaba tan consolidada, pero la escena fue muy fuerte y cruel. Recuerdo que algunos compañeros no me daban buenos pronósticos. Me decían que el profesor había hecho repetir a algunos alumnos hasta cuatro veces el curso. Que era mejor renunciar, que empezara con buen pie en el siguiente ciclo. No les hice caso.
Las clases continuaron, y pasa algo muy curioso: cuando eres el protagonista de un incidente tan fuerte logras que el profesor recuerde tu nombre y apellido. Estoy seguro que hubo más de una burla por mi mala conducta en sus clases, pero era paciente; sabía esperar mi oportunidad.
Para aprobar cualquier materia, teníamos que dar dos exámenes: el primero era a mitad del curso y el segundo al finalizarlo. Sumabas ambas notas para dar un total y luego dividirlo. En lo personal, en cualquier curso teórico, nunca aspiré a sacarme un 20 en un examen. Además, en el transcurso de la carrera me enteré que daban una beca al alumno con las calificaciones más altas, y una media beca al segundo lugar. Esa era mucha ambición para mí.
También me enteré que en cada salón había un grupo selecto o un grupo de 15 personas que eran elegidas por sus calificaciones; igual, nunca estuve en ese grupo. ¿A qué aspiraba yo, en ese entonces? A ser yo mismo, a no sentirme presionado por unas calificaciones altas. Algunas veces, sortear la vida implica no ser tan blanco ni tan negro; soy más de ser un personaje gris al estilo de Jaime Lannister, el personaje en Juego de Tronos.
Con el primer cero, más la nota de mi segundo examen (así me sacara 20, que es la nota máxima), no aprobaría. Pero la universidad te daba un tercer chance: por el pago adicional de 50 soles tenías opción a un tercer examen de aplazados donde las preguntas abarcaban temas de todo el curso.
Ante todo pronóstico y ante la opinión contraria de mis amigos de darme por vencido, pagué para dar el tercer examen. A veces el destino juega a tu favor, los planetas se alinean, y será la primera vez que cuento esta parte de la historia. Como dije, en esta vida no es bueno ser blanco o negro; el gris es mejor.
El día del examen fui uno de los primeros alumnos en llegar al salón donde sería el examen, pero había un compañero en particular que al verme levantó su mano con una sonrisa. No sabía que también había desaprobado el curso.
—Te estaba esperando —me dijo con una mirada cómplice, y mientras me llevaba a un lugar más solitario. Supe que de verdad mi ángel de la guarda estuvo ocupado los últimos días.
Cuando llegó la hora de dar el examen, el profesor me pidió llevar mi carpeta junto a su escritorio, me revisó que no llevara ninguna ficha. Solo tenía mi lapicero para dar el examen. Más que cuidar a los demás, estuvo pendiente de mí.

El examen constaba de 20 preguntas con tres o cuatro alternativas para marcar la correcta. Según me enteré minutos antes, no había forma que mis compañeros se pudieran copiar porque había más de cuatro exámenes con las preguntas en diferente orden.
Entregué mi examen con miras a sacarme un 15 para no hacerlo tan evidente. Pero el condenado profesor en su resultado final me puso un 11, desmeritando mi buena memoria.
Me hubiera gustado ver la cara del profesor mientras revisaba mi examen. Recuerdo que de todos los que dimos el examen de aplazados, fuimos muy pocos los que aprobamos. Él sabía en el fondo que otra vez me había salido con la mía, pero no sabía cómo, si todo el tiempo estuvo pegado a mí. Como diría esa famosa frase: «No tengo pruebas, pero tampoco tengo dudas” que el joven Zapata copió el examen.
No recuerdo si en los siguientes ciclos tomamos otro curso con el mismo profesor, pero sí recuerdo que las veces que nos cruzamos en los pasillos, siempre me daba una mirada acusadora que luego se fue convirtiendo en una sonrisa cómplice, como diciendo otra vez: «No tengo pruebas, pero tampoco tengo dudas que copiaste Zapata”.
🔑 El Enigma Resuelto
El enigma de ese día se resume en una vieja frase: «Simio no mata Simio». De mi compañero, el verdadero héroe de esta historia, solo puedo decir que supo comprender el gran problema en el que yo estaba metido. Solo recuerdo que en aquel lugar solitario, antes de entrar al salón, sacó a relucir un examen con preguntas.
—Memorízatelas, el profesor te la tiene jurada —dijo—. No importa el orden, las respuestas son las mismas.
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