—¿Y bien? ¿Qué te pareció mi libro? —me preguntó mi amigo, visiblemente emocionado.
Él acababa de terminar un libro sobre constelaciones y yo, haciendo la tarea de buen colega, le di una ojeada a las más de 200 páginas. Sin embargo, en ninguna de ellas encontré rastro de su personalidad. El texto era una acumulación de conceptos; lo que decía el título se repetía en el contenido como un eco vacío. Era un «copia y pega» de Google, ordenado con un poco de paciencia pero sin una pizca de alma.
Le sugerí que esas 200 páginas podían reducirse a 100 —o menos— para ganar claridad, siguiendo las lecciones de mi maestro Miguel Garnett. Pero mi amigo no estuvo de acuerdo. Me pidió sugerencias, pero en realidad buscaba validación; quería demostrar que podía «escribir» sobre un tema que supuestamente dominaba.
«Entre gitanos no nos vamos a leer las manos», dice el refrán. Yo leí más que su mano: leí su inseguridad. Sabía que ese libro no lo había escrito él. Un verdadero comunicador investiga, interpreta y pone de su cosecha para que el texto tenga su huella.

El asistente vs. El impostor
Si seguiste leyendo hasta aquí, acertaste: mi amigo le pidió ayuda a la Inteligencia Artificial.
La IA puede ser tu mejor asistente, pero espera que la retes. Ella no quiere que te quedes con la primera respuesta; espera que «mastiques» la información, le des tu estilo y se la regreses para corregir la gramática. La IA está para complacerte, pero ahí es donde entra tu talento: para digerir, analizar e interpretar.
La IA no está para hacerte el trabajo, copiar, imprimir y publicar. He visto videos de profesores explotando al notar que sus estudiantes no pusieron nada de su propia investigación. Einstein decía que la tecnología podría volvernos idiotas, y tenía razón si la usamos para tomar el camino corto. Mi amigo, por ejemplo, aún no presenta su libro; quizás sospecha que sus colegas notarán, por puro morbo o criterio profesional, que intentó autopublicar algo que ni siquiera escribió.
Mi acuerdo con el «Editor digital»
Uno de los motivos que me llevó a crear este blog fue la independencia. Ya no necesito esperar a que un amigo editor tenga tiempo para corregir mis notas. Ahora escribo la historia, mantengo el sentido desde la primera línea hasta el párrafo final, y aplico las reglas de siempre: un intro que pegue y un cierre claro.
Pero aquí está mi secreto. Yo le digo a Gemini:
«Lee esta nota como un editor profesional de un diario de prestigio. Corrige verbos y gramática; pero sobre todo, dime si las historias conectan con la idea central. No necesitas complacerme: ayúdame a que esto se vea profesional para que yo pueda crecer».
Gracias a este «acuerdo», no molesto a nadie. Y aun cuando Gemini corrige, yo vuelvo a revisar. Si encuentro una palabra que no uso seguido, pido una explicación. Quiero estar al tanto de todo; quiero seguir aprendiendo. Si la IA me ayuda a ser mejor, soy feliz.
¿Se acabó el trabajo para los creativos?
Lo mismo pasa con las fotos de este blog —la mayoría creadas por IA—, con los videos o el código de programación. ¿Se acabó el trabajo para los diseñadores, fotógrafos o programadores? Más que una amenaza, lo veo como el asistente ideal. Un diseñador que antes tardaba una hora en una pieza, ahora puede entregarla en 15 minutos con mayor calidad.
Vengo de la época en que las computadoras usaban los famosos disquetes, y ver todo esto en menos de 30 años es simplemente asombroso. Disfruto ver escenas de personajes interactuando o fotos espectaculares generadas por algoritmos; me da gusto presenciar esta revolución.

Pero de algo estoy seguro: en la escritura, la IA no podrá superar a la mente humana para crear un mundo al estilo de El Señor de los Anillos, Harry Potter o el Macondo de Cien años de soledad. No podrá engendrar un personaje inolvidable como Sherlock Holmes o un Indiana Jones.
La IA puede recabar toda la información que necesites en un minuto, pero ahí termina su tarea y empieza la tuya. De las fotos se encargará ella, pero de crear mundos, armar el alma de una nota o la profundidad de un reportaje, te encargas tú. Nunca cometas el error de publicar lo primero que te arroje; úsala para pulir tu investigación, porque ahora más que nunca no puedes dejar que ella sea más inteligente que tú. Cuanto más conocimiento tengas, más la retarás, y el único ganador serás tú.
«Y tú, ¿cómo estás usando esta herramienta? ¿La ves como una amenaza o como el editor que siempre quisiste tener? Cuéntame en los comentarios si ya has tenido tu primer ‘duelo’ con la IA o si, como yo, has decidido hacer un pacto con ella para ser mejor profesional.»
Más artículos en Crónicas de un Comunicador.