La Redención del Rey de las Fichas (Parte 3)

Rey de las Fichas

La Redención del Rey de las Fichas (Parte 3)

El llanto provenía de las escaleras que conectaban el segundo y tercer piso de la facultad. No era un lamento silencioso, sino un sollozo profundo, a moco tendido, de alguien cuya mente se negaba a procesar una nota desaprobatoria en el curso de Radio. Él, que siempre estuvo acostumbrado a tener altas calificaciones en todas las materias desde el colegio, se miraba a sí mismo con deshonra por haber sido desaprobado en un examen. Algunos amigos nos acercamos a consolarlo; el dolor era tan fuerte que su llanto provenía desde lo más profundo de su estómago. Sus lágrimas brotaban eufóricas, mostrando que el sufrimiento era infame para una persona que siempre había surfeado por las olas del buen rendimiento.

Un selecto grupo de compañeros sentía su dolor como suyo; en sus mentes no cabía esa posibilidad de sacar una mala nota en algún curso. Era como si los desheredaran de algún título. Para aquellos acostumbrados a aprobar cinco de siete cursos, ya era ganancia. Para algunos de nosotros, tener una mala nota en un examen no es mal augurio de que te irá mal en la vida, ni significa que tus padres te quitarán el apoyo. La vida sigue; simplemente te va dando los primeros bocados de lo que vendrá después, al salir de la universidad.

Aquel curso de Radio fue quizás el más nefasto para todo mi salón. Analizando todo fríamente, te das cuenta de que muchas veces no es la materia lo difícil, sino que quien enseña complica tu aprendizaje. En lo personal, guardo buenos recuerdos de los profesores y jefes de práctica de mi carrera, que supieron llegar a tu corazón con sus enseñanzas, sabían cómo motivarte; estaba en ellos ese don educador.

La frustración ajena me hizo ver el lado oscuro de esa obsesión por la nota perfecta, algo que yo mismo había simulado ser.

Por eso, el motivo para cerrar esta trilogía de «El Rey de las Fichas» es que no me siento orgulloso; lo tomo como un proceso de aprendizaje, porque cuando llegaron los cursos que ya tenían que ver directamente con la carrera, dejé de copiar. Mi mente ya estaba enfrascada en escribir; era lo que me llenaba de verdad.

Regresando al curso de Radio, no recuerdo por qué tuvimos que pasar un examen oral; no sé si era para aprobar el curso o si era el examen de aplazados, pero igual estaba allí, gallardamente, para dar lo mejor de mí. Esa vez sí había estudiado. Todos mis compañeros eran un manojo de nervios. El profesor era de carácter fuerte y cuando llegó a su oficina en el taller de Radio, pidió ingresar en grupos de cuatro.

Nadie quiso integrar el primer grupo, y cuando solo faltaba uno, acepté ser el cuarto. ¿Por qué me animé a integrar el primer grupo? Cuando el profesor venía caminando, traía un vaso de café y se notaba alegre. Estaba animado; en esos casos, a veces ese detallito puede ser tu boleto para salir airoso con cualquier persona.

Rey de las Fichas

De las dos primeras preguntas, fui el primero en levantar la mano para responderlas. Tampoco es para echarme flores, pero la diferencia entre mis compañeros (dos eran mujeres) era que supe controlar mis nervios, y ellos no. Cuando el profesor lanzó la tercera pregunta, me pidió bajar mi mano. El profesor, al ver que mis compañeros no sabían la respuesta, me dejó responder.

—Vete, estás aprobado —me dijo.

Ya eran otros tiempos; la madurez y el control de la adrenalina estaban de mi lado. Si sobreviví a una humillación pública por otro profesor, este examen oral era pan comido.

Líneas arriba les dije que el profesor había llegado de buen humor. De los tres restantes se salvó una compañera, y a los otros dos les dijo que tenían un segundo chance. Ese chance para mis demás compañeros se mantuvo por media hora, porque después que pasó el efecto del café, fue una masacre. Muchos desaprobaron.

Digamos que luego de la vergüenza vivida cuando me entregaron mi ficha, y mientras escribo estas líneas, acabo de ver en la fan page de Ciencias de la Comunicación que ese profesor continúa trabajando en mi facultad. Al ver su foto hasta me sonrojé, y pienso que allí hubo un cambio en mi vida.

Adoro mi carrera, amo a la universidad que me cobijó por más de cinco años. Ahora puedo decir que la universidad es como una amplia biblioteca, y cada profesor es un libro que te toca leer en cada ciclo. Muchas veces te sabes ya la trama, pero de repente en la página 30 está esa frase o ese empuje que necesitabas para salir adelante.

En la actualidad lo veo así: cada profesor (libro) que leí me dejó algo. Pero solo hubo uno, que fue el culpable de que Edwin Zapata se percatara de que tenía pasta para escribir. Y ese libro muchos de mis compañeros lo dejaron de lado, atraídos por la cubierta bonita de una versión más nueva. En cambio, yo elegí el libro viejito, ese que por sus años sí tenía la experiencia y los consejos que necesitaba, y en una de sus clases me resolvió el problema que tanto había estado buscando solucionar. Pero ese ya es tema para una nueva historia.

Epílogo: El Precio de la Compasión

La anécdota del compañero que lloraba a moco tendido en las escaleras tuvo un desenlace que desconocí en aquel momento. Años después, me enteré de un dato contundente: el profesor, movido por la compasión —o quizás por alguna intercesión externa—, decidió perdonar la nota al estudiante.

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