La pasión por la lectura nació en mi infancia, allá a mediados de los ochenta, cuando los libros eran el mejor escape mental, sin internet ni redes sociales. Sin embargo, el camino de ser lector, a convertirme en escritor fue un reto y de paso cargado de frustración. Recuerdo mi primer intento a los quince años: un cuaderno nuevo de doscientas páginas, vacaciones en la casa de mis abuelos, y una trama de ninjas copiada de una caricatura de Rambo lista en mi cabeza. El resultado: no pasé de la primera página ni del primer renglón. En aquel entonces, mi única regla era empezar con la famosa frase «Había una vez…», y la idea nunca pudo salir de mi cabeza para plasmarse en el papel. El fracaso me hizo odiar aquel cuaderno sin culpa alguna.
Algún tiempo después, volví al ataque con otra idea repetida que hasta vergüenza me da recordar: una nueva historia basada en la película de Rocky Balboa. Eran mis primeros pinitos en el mundo de las letras. Al poco tiempo descarté la idea porque no había nada nuevo; sabía que era una copia de la original. A la par, seguía leyendo cualquier novela que me llamara la atención.

Cuando me encontraba en los primeros ciclos de la universidad, es que aparecieron mis primeros cuentos. Eran más sencillos de escribir; la ventaja de un cuento es que no necesitas tantos personajes ni escenarios. Y fue cuando me animé a comprar algunos libros de autores que había leído sus novelas, pero que decidieron tomarse un tiempo para escribir un libro completo dedicado a darte consejos de cómo escribir tu primera novela.
Fue una gran decepción, en lo personal. No porque los libros fueran malos, de verdad eran buenos, sino porque el detalle es que cada escritor escribe o aconseja de acuerdo con su línea o manera de escribir y, desde luego, tiene sus libros de cabecera, que en su momento le ayudaron a ellos a pulir sus ideas, adiestrar su mente y tener los dedos listos para escribir. Al final de cada libro, seguía más confundido que cuando empecé.
Fue cuando decidí solo enfocarme en seguir leyendo aún más: aprender la manera de describir un escenario, de cómo escribir una escena de diálogos entre dos o tres personajes y que el lector sepa quién está hablando sin necesidad de recordarle constantemente quién lo hace.
Conforme seguía leyendo las novelas de Alejandro Dumas, Emilio Salgari, García Márquez, Vargas Llosa o cualquier novela reconocida, descubrí que todas seguían una misma estructura o patrón narrativo que en su momento no sabía que tenía ya un nombre y que de adulto me enteraría que se llama: “El Viaje del Héroe”, tal como lo popularizó el mitólogo Joseph Campbell en su obra El Héroe de las Mil Caras, un concepto fundamental en la narrativa.

El Viaje del Héroe proporciona un esqueleto emocional y estructural tanto en novelas como en películas y resuena profundamente con el público porque refleja los desafíos y transformaciones de la vida real que le suceden a los protagonistas.
Terminé mi primera novela de amor a los 17 años, luego seguirían dos más, que por cierto nunca mostré a nadie porque sabía que todavía me faltaba madurar, pero la emoción personal era grande. Sabía que estaba cerca. Seguía perfeccionando mis descripciones, mejorando los diálogos de los personajes, pero sobre todo aprendí a estructurar una novela: saber que antes de escribir una historia es tener el final y el principio, luego desglosarla en capítulos, separar personajes principales de los secundarios, y darle personalidad a cada uno.
Por ese entonces me llegaron a mis manos unos libros de un taller que dictó García Márquez. No recuerdo todo su contenido, pero una de sus frases lapidarias me atravesó el corazón y la tengo aquí en mi mente tan intacta como si la hubiera leído esta mañana: “Cuando dejes de escribir historias personales y estés listo para escribir una historia ajena es cuando te conviertes en escritor”.

Fue cuando empecé a buscar una historia donde el suceso o la principal noticia fuera el centro de atención y los personajes giraran en torno a ella. Al poco tiempo di con la idea de la que sería mi primera novela, y que luego vería la luz al ser publicada en una editorial cajamarquina allá por el 2004.
La novela llevó el nombre: “Asalto al Desnudo”, y como sucedería en las demás novelas que escribiría a partir de entonces, todas seguirían a conciencia el famoso Viaje del Héroe. Fue la prueba de fuego de que el verdadero escritor emerge cuando se logra dejar de lado la historia personal para dominar la técnica de la historia ajena.
Y tú, ¿cuál fue la lección más difícil que aprendiste en tus primeros intentos de escritura? Comparte en los comentarios qué frase o qué libro fue tu mayor revelación para convertirte, finalmente, en un escritor.
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