— ¡Felicidades, bienvenido al grupo de los escritores! —me sorprende al abrir su puerta el Padre Miguel Garnett.
Nos habíamos conocido un mes antes en Cajamarca. Yo visitaba una imprenta y le pregunté al encargado si allí publicaban novelas, pues tenía una escrita, pero necesitaba ayuda de un editor. El encargado muy gentilmente me dijo que el Padre Miguel Garnett había publicado varias novelas en esa compañía y que posiblemente me podría ayudar. Me dio su número y, como en una escena de película: llamé, Miguel responde, quedamos en su casa, le entrego mi novela impresa, promete leerla, me entrega la novela en dos semanas, y al mes estoy allí en su puerta siendo felicitado.
Recuerdo que mi novela constaba de 150 páginas en hojas A4. Y cuando me entregó las correcciones, eran 15 hojas con puntos detallados, y el más importante era reducir la novela a 120 páginas. Ya en mi cuarto que rentaba, estaba molesto. ¿Cómo podía atacar tan cruelmente mi novela aquel Padre? Me parecía injusto; quizás fue una mala idea haber pedido su ayuda.

La primera semana fue negación, la segunda semana ya fue de reflexión. Había pasado tantos meses buscando ayuda para corregir mi primera novela y cuando por fin apareció la persona indicada, estaba molesto por sus sugerencias.
La tercera semana dejé el orgullo de lado y empecé a corregir la novela: suprimí muchas escenas, reduje diálogos, acorté descripciones sin que la escena perdiera calidad. La cuarta semana logré darle el toque final y la novela estaba lista. Llamé al Padre Miguel para otra golpiza de correcciones. Lo curioso es que mientras iba rumbo a su casa, sentía que la novela había mejorado considerablemente.
—¿Y por qué las felicitaciones, si el que debería estar agradecido debería ser yo? —le dije mientras nos dirigíamos a su sala.
—Muchos escritores novatos como tú me piden ayuda muy seguido. Yo les ayudó desinteresadamente. Se van con su novela bajo el brazo y las correcciones en la mano, pero de diez personas solo regresan dos, y una de ellas eres tú.
—Se supone que tú tienes más experiencia —solté el comentario, porque entendí a los demás chicos. A veces queremos ayuda, pero en el fondo nos disgusta que alguien nos diga que algo está mal, que los diálogos son pobres, que los personajes no son creíbles y que la historia es muy lineal.
—Y de verdad no esperaba que regresaras —sonríe—. Pero aquí estás, eso significa que de verdad quieres ser un escritor —continúa con ese acento inglés que nunca pudo desterrar. Miguel Garnett había llegado al Perú cuando era joven de su natal Inglaterra, se enamoró tanto de Perú que hasta se nacionalizó peruano.
Después de una larga conversación acompañado de unas chelas bien frías, porque eso pasó, no tomamos vino, a Miguel le encantaba la cerveza. Y conforme la amistad se afianzó en los siguientes años solía faltarle el respeto y llamarlo por su nombre.

Cuando me devolvió la segunda corrección, las hojas de sugerencias bajaron a 10, y esta vez el reto fue reducir mi novela a 100 páginas. El reto no fue fácil, pero estaba encantado con algunas sugerencias, sentía que la novela seguía mejorando. Hubo una tercera corrección que sería la última y mi novela quedaría finalmente en 78 páginas sin perder la calidd y cuando cumplí con mi parte, otra vez estábamos en su sala brindando.
—Tu novela ya está lista para buscar una editorial —me confesó—. Yo estoy con una nueva editorial llamada Petroglifo, te puedo presentar al director. Pero ya es decisión de él si decide publicar tu novela. No pierdes nada en llamarlo —me dijo. Acepté.
A los pocos días la editorial aceptaba publicar mi primera novela.
Pero nada de eso hubiera sido posible si no hubiera estado dispuesto a crecer. Me encantaba escribir, y soñaba con publicar mi novela. Fue un proceso largo, y cuando apareció el mentor que necesitaba, también estuve dispuesto a ser ese discípulo de un gran amigo llamado Miguel Garnett, que sigue siendo Padre.
«La lección que me dio el Padre Miguel en Cajamarca trasciende la literatura: la negación es fácil, pero la humildad es la verdadera puerta al crecimiento. ¿Y tú? ¿Cuál es esa crítica que te dolió aceptar, pero que te hizo mejorar radicalmente en tu trabajo o emprendimiento? Comparte tu historia en los comentarios.«