A 8 Metros de la Historia: Así sentí la esperanza en el Mítin de Obama en Dallas (2008)

A 8 Metros de la Historia: Así sentí la esperanza en el Mítin de Obama en Dallas (2008)

Una de las pocas experiencias vividas cubriendo un evento importante en mi carrera como comunicador fue estar a ocho metros de distancia del que sería el 44.º presidente de los Estados Unidos, Barack Obama. Ahora, con el paso de los años, puedo afirmar que aquel evento fue histórico, aunque en su momento no se le tuviera tanta fe.

Eran las elecciones primarias de cada partido político a inicios del 2008, y los demócratas disputaban la candidatura a la presidencia entre Hillary Clinton, que se consideraba la favorita, y el primer candidato de color con opciones serias, Barack Obama. El asunto político nunca fue de mi gusto, pero lo particular de aquella contienda era la aparición de un político afroamericano que aspiraba a la Casa Blanca, lo que condimentaba el morbo, ya que todos los presidentes hasta entonces habían sido blancos.

Y ese detalle jugaba en contra de Obama por aquel 2008.

Como Hillary y Obama seguían en campaña entre sus seguidores demócratas, ambos iniciaron una serie de presentaciones en varios estados como Texas. Cuando en el canal donde me encontraba nos dicen que iríamos a cubrir el evento que haría Obama en un coliseo del centro de Dallas, el Reunion Arena (que más adelante sería demolido), recibí la noticia con emoción.

El lugar tenía capacidad para cerca de 20 mil personas, y según los reportes estuvo lleno total; muchos simpatizantes se quedaron fuera.

Conforme caminábamos rumbo al coliseo con mi compañero reportero, era muy curioso ver a muchísimas personas afroamericanas yendo en grupos, llevando pancartas y camisetas en apoyo total al candidato de turno. Para ellos, ganar o no, ya significaba un hito cerca de culminar siglos de lucha por sus derechos civiles y políticos. Los afroamericanos fueron esclavos en los Estados Unidos, y aun cuando la esclavitud se prohibió en 1865, luego vinieron décadas de segregación y privación de derechos que se extendieron hasta la década de 1950 y 1960. De pronto, ver a uno de ellos como un posible candidato con miras a pisar la Casa Blanca era un momento de profundo orgullo y reivindicación histórica.

Cuando llegamos a la puerta principal del coliseo, los agentes de seguridad nos pidieron a los de prensa colocarnos a un lado de una puerta individual, con la orden de dejar nuestros equipos al frente. Ya habían verificado las credenciales, y éramos muchos los reporteros que esperaban cubrir el evento. Era inevitable escuchar que algunos venían por cumplir, pues no le daban esperanzas a que Obama ganara; podía tener buenas ideas, pero su piel seguía siendo el obstáculo.

Seguía allí escuchando cuando de pronto se abrió una puerta y salieron dos perros pastores alemanes junto a sus cuidadores, que empezaron a olfatear las maletas y mochilas. Luego de cerciorarse de que no había peligro, nos pidieron tomar nuestros equipos y seguirlos al interior.

La prensa estaría frente al escenario donde hablaría Obama. El ambiente era increíble, se vivía una fiesta, y no era difícil darse cuenta de que la mayoría de los presentes aquel día eran afroamericanos.

Cuando salió Obama, sería la única vez que tendría la oportunidad de tener a un candidato presidencial americano tan cerca, y con una seguridad no tan fuerte como lo es cuando se trata ya de un presidente en funciones que pasa sus días en la Casa Blanca.

Sus primeras palabras de agradecimiento a todos los que asistieron culminaron con un estruendo de gritos y aplausos. Estoy casi seguro de que más de un afroamericano mayor que estuvo presente y que sufrió la segregación antes de 1960 —esa que obligaba a ceder el asiento a cualquier persona blanca en un bus o tren, o que prohibía asistir a escuelas o universidades de blancos— ahora veía un futuro diferente. Sus súplicas y sus rezos apuntaban a ver a uno de su color sentado en un futuro próximo en la Oficina Oval.

En 1948, George McLaurin fue el primer hombre negro admitido en la Universidad de Oklahoma. Lo obligaron a sentarse en una esquina, bien lejos de sus compañeros blancos.

Eran las primarias del 2008, y aun cuando daban por ganadora a Hillary, la esperanza era latente para reivindicar de una vez a los afroamericanos. Por un momento también me contagié de ese ambiente, sin imaginar que meses más adelante Obama no solo venció a Hillary en las primarias demócratas en una de las elecciones más reñidas del partido azul, sino que también le ganaría al candidato republicano, John McCain, y se convertiría en el presidente número 44 de los Estados Unidos.

Y sin proponérmelo, estuve presente en un evento que fue crucial y que cambió para siempre la mentalidad de los americanos. Con Obama como presidente, se cayeron muchos mitos, como que el color de piel era una muralla impenetrable para tocar la puerta de la Casa Blanca, o que los blancos nunca le darían su voto a un afroamericano. Aquel año 2008 estaba confirmado que, al fin, la Casa Blanca tendría un presidente de color.

Disfruta de más Crónicas de un comunicador.

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