¿Se puede decidir el destino por culpa de una fotografía?. A veces, el futuro no llega como una epifanía celestial, sino con la forma de un profesor chaparrito, una regla de madera y un manual de papel brillante en un colegio estatal de 1994.
Era mi quinto año de secundaria y la incertidumbre pesaba más que la mochila. En esa época, si venías de escuela pública, el camino lógico —y casi único— era la universidad nacional. Pero esa mañana, el «Chiquito Mazamorrero» (apodado así por aquel comercial famoso de los noventa) entró al salón con un aura distinta. El profesor recto y castigador venía en son de paz, actuando como el pastor de nuevas ovejas para una universidad que apenas empezaba a sonar: la UPAO.

Él no solo llevaba información; traía el merchandising de la esperanza. Nos repartió manuales donde la universidad resumía el éxito en fotos a blanco y negro. Mientras mis compañeros hacían preguntas, yo me detuve en una imagen: una cámara profesional en un set de televisión. Leí «Periodismo impreso y audiovisual» y sentí el impacto de una verdad incómoda: yo pertenecía a ese mundo, aunque mi bolsillo no lo supiera.
A los 16 años no controlas tu presupuesto, pero sí tu obsesión. Aquel profesor, que quizás solo cumplía un contrato de promoción, plantó una semilla que no dejó espacio a segundas opciones. Fue una decisión firme en medio de un mar de dudas.
Han pasado 32 años. Aquel profesor probablemente ya se jubiló y no recordará que su visita me cambió la vida. Hoy, las cámaras pesadas han sido cambiadas por celulares, pero la esencia es la misma. Sigo en el camino, escribiendo con la misma pasión de quien trabaja para un diario. Por eso nace este blog: para honrar las cicatrices y anécdotas de esta carrera llamada Ciencias de la Comunicación.