Hace unos años, conocí al chef principal del Meso Maya en el centro de Dallas, uno de los restaurantes más prestigiosos de la ciudad.
Mi exjefa de UptownLatino me había solicitado acompañarla a una posible entrevista con los dueños. Sin embargo, la historia más cautivadora no estaba en el local ni en los propietarios, sino en el chef, a quien conocí casualmente mientras esperaba a mi jefa.
Una particularidad del restaurante es que George W. Bush, el expresidente de los Estados Unidos, había asistido a comer en dos ocasiones. Como es habitual con la seguridad de los grandes políticos en este país, sus agentes avisan con anticipación que el expresidente planea visitar el local. Aunque no indican el día exacto, esto implica una preparación exhaustiva, pues el despliegue de seguridad para asegurar la llegada del expresidente y su esposa es notable.

En ambas ocasiones, la atención fue completamente personalizada: el propio chef es quien los atendía, quien preparaba los platillos y quien los llevaba personalmente a su mesa.
Aquel chef, de origen mexicano, me relataba la historia como si fuera una rutina, aunque prefirió no entrar en detalles sobre el protocolo de seguridad. Confesó que la primera vez sí le había impactado, pues la escena se desarrolló como en las películas: los agentes revisando el local meticulosamente. La segunda vez, sin embargo, ya no le asustó tanto el nivel de seguridad que implicaba el discreto paso de un exmandatario por la ciudad.
—¿Y dónde estudiaste? —le pregunté, fijándome en las diversas condecoraciones y premios que decoraban una pared, testimonio de su larga trayectoria.
—No estudié en ningún sitio —me respondió—. Todo lo aprendí en el camino. Siempre me gustó la cocina. Ingresé con mi primo cuando éramos muy jóvenes, trabajando como lavaplatos en un restaurante mexicano. Mi deseo de aprender me llevó a sacrificar parte de mi tiempo para convertirme en el pupilo del cocinero principal. Así me la pasé en cada restaurante: siempre empezaba desde abajo y terminaba como ayudante del chef. Era muy diferente a mi primo, quien decía: «Mientras no me paguen más, no estoy dispuesto a ser ayudante de nadie.»
Conocí a muchos chefs que me enseñaron diversos secretos sobre el arte de la cocina, y luego asumí la dirección de diferentes restaurantes. Y ahora me tienes aquí en Dallas.
Me lo dijo con una sonrisa y esa humildad natural. Pero la pregunta sobre su primo era inevitable.
—Han pasado más de veinte años, y sigue de lavaplatos. Y usa la misma frase: «Mientras no le paguen más, no saldrá de ese puesto.»
La Lección del aprendizaje (Conclusión)
Esta historia no es solo sobre alta cocina. En 25 años como comunicador, he visto exactamente el mismo principio en mi carrera y en la de algunos colegas: quienes esperan a que les ‘paguen más’ para moverse o salir de su zona de confort, se estancan.

La carrera de Ciencias de la Comunicación es una de las más versátiles, pero exige tener mucha iniciativa y estar listo para un aprendizaje constante.
Quienes toman la iniciativa, aprenden del maestro (sea un editor, un experto en marketing digital o un productor de video), están dispuestos a ‘sacrificar tiempo’ por adquirir conocimiento real, son los que terminan en los puestos de prestigio.
El mensaje es claro: no esperes el título perfecto o el salario ideal; busca la experiencia, conviértete en pupilo y el crecimiento vendrá por añadidura.
Y tú, ¿qué opinas? ¿Te has topado con alguien que se estancó esperando el momento o el pago ideal? Cuéntame en los comentarios cuál fue esa «experiencia» donde tuviste que sacrificar tiempo para adquirir el conocimiento que te llevó al siguiente nivel.
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