Vengo de una generación en la que muchos de mis compañeros, y me incluyo, estudiamos Comunicación con la idea fija de ejercer un solo oficio hasta la jubilación. Estábamos convencidos de que el título nos daba un asiento reservado para siempre.
A finales de los noventa, la vida se encargaría de demostrarnos cuán equivocados estábamos. No teníamos idea de que, al cruzar el umbral del año 2000, llegarían las redes sociales; mucho menos que un hombre llamado Steve Jobs, con su iPhone y una visión disruptiva, tumbaría empresas que hasta ese momento se consideraban sólidas e inamovibles.
Cuando aún vivía en Perú, me tocó ver a colegas estancados en la negación. Decían: «Yo soy camarógrafo y para eso me tienen que contratar». Se negaban a hacer cualquier otra cosa. En ese entonces, yo soñaba con ser periodista impreso y, para ser honesto, odiaba la cámara. Pero las cartas de la vida no las elige uno, sino que las reparte el destino. Terminé asumiendo la dirección audiovisual de una compañía en Cajamarca, y descubrí que mi facilidad para escribir era, precisamente, lo que me permitía adecuarme con éxito al mundo de la imagen.
Años después, en Estados Unidos, la realidad me golpeó con el mismo espejo. En Dallas, durante la primera purga masiva de personal en los canales latinos allá por el 2008, vi cómo despedían a los comunicadores que se habían vuelto «prescindibles». Antes de esa crisis, era normal ver al reportero con su micrófono, acompañado de un camarógrafo y un asistente. Tres personas para una sola nota.
Tras los despidos, el escenario cambió radicalmente: los asistentes desaparecieron primero, seguidos por los camarógrafos. De pronto, el reportero estaba solo frente al mundo. Lo vi adecuando el trípode, buscando el ángulo, encendiendo la cámara y grabándose a sí mismo. Y el asunto no terminaba ahí: al regresar al canal, ese mismo reportero debía sentarse a editar la nota que acababa de traer de la calle.

Aquellos que no estuvieron dispuestos a realizar el «triple de trabajo» por el mismo sueldo, encontraron las puertas abiertas para irse. Muchos otros se quedaron y se adaptaron. Un gran amigo mío aceptó esas condiciones y hoy dirige el segmento deportivo en Telemundo Dallas. Él se mantuvo en la televisión; yo tomé el rumbo del marketing digital y el emprendimiento, pero ambos compartimos la misma clave: la adaptación.
Hoy escucho a muchos jóvenes y colegas indignarse ante el término Multitasking. Se enojan porque las compañías actuales buscan un comunicador «todoterreno»: alguien que escriba con excelencia, sea un diseñador de nivel «Dios», edite en Adobe Premiere o CapCut, tome fotografías profesionales y, de paso, sea un estratega en marketing digital.
De solo leerlo, agota. Suena a explotación laboral en pleno 2026. Sin embargo, quienes entendimos que el aprendizaje continuo no es una carga, sino un escudo, sabemos que no hay vuelta atrás. Quedarse en la negación es elegir la obsolescencia; es un suicidio profesional en una época donde la Inteligencia Artificial ya está reclamando los puestos de quienes no aportan un valor extra.
En lugar de ver al multitasking como un enemigo o un abuso, debemos empezar a verlo como nuestro mayor plus. Si como comunicador recalcas tu versatilidad, dejas de ser un gasto para convertirte en una pieza clave que resuelve problemas complejos.

Hoy, el día sigue teniendo 8 horas. No necesitas dos días para editar si dominas las herramientas, ni una tarde entera para redactar un post si usas a Gemini o ChatGPT como aliados estratégicos para obtener un borrador en dos minutos. La tecnología no nos quita el trabajo; nos quita las tareas mecánicas para que podamos ser más creativos.
Mientras más conocimiento y experiencia técnica acumules, más difícil será reemplazarte. Y si decides «volar por ti mismo» y emprender —como hice yo—, es ahí donde todo lo aprendido se pone a prueba de verdad. A veces me esfuerzo en grabar videos muy elaborados, pero curiosamente, aquel video que grabé con rapidez y naturalidad es el que mejor conecta con mis clientes y el que más ventas me genera.
El mundo ya no busca especialistas aislados; busca comunicadores que entiendan el proceso completo. La pregunta no es si es justo o no, la pregunta es: ¿estás listo para evolucionar o vas a esperar a que la próxima purga decida por ti?