Fue un domingo por la mañana cuando el muro de Facebook se convirtió en una escena del crimen. Uno de los mejores fotógrafos de la ciudad, un tipo con un ojo clínico para la luz, posteó las fotos que delataban la infidelidad de su pareja. No hubo metáforas, solo cruda realidad.
Subió capturas donde ella, con una soltura de huesos que daba escalofríos, comentaba con picardía que la esposa de su amante la había saludado hasta con un beso en la mejilla. En otra captura, le advertía a su amiga que tuviera cuidado con las copas: “Tú cuando estás borracha sueles soltar la lengua”, le decía entre risas, temerosa de que alguien en el trabajo se enterara de que se estaba acostando con el dueño.
Las demás fotos eran el golpe de gracia. Ella en baby doll, posando en la habitación de un hotel de renombre. Hoy en día, la tecnología no miente: donde te tomas la foto, queda grabada la ubicación y la hora. El rastro digital de la traición.
Mi amigo estaba por los suelos desde el segundo en que descubrió el engaño. La verdad le había caído como un bloque de cemento de diez pisos. Su post era el de un hombre herido, despojado de su orgullo, ensopado en un dolor donde normalmente las mujeres suelen ser las protagonistas. Apareció en un par de videos más, con los ojos llorosos, agradeciendo los mensajes de aliento. Ni siquiera le importó que le sugirieran quitar las fotos de su pareja en prendas menores; el dolor era tan grande que solo quería respetar la última pizca de esa intimidad que ya no existía.
Pero el dolor mutó en acción. En el mismo post, etiquetó al amante —el dueño del local— y le escribió a la esposa de este para confesarle la verdad. Ella, traicionada sin saberlo, empezaba a vivir su propio infierno personal.

Se llama Fernando, pero entre los amigos lo conocemos como «Machín», como el personaje de Pataclaun. Tenía ese aire rebelde de quien pasó por bandas de rock en su adolescencia, con un estilo muy a lo Héroes del Silencio. Cuando coincidimos en un concierto, él ya le tomaba un interés profesional a la fotografía. Sus paquetes para bodas o quinceañeras no bajaban de los 3,500 dólares. Le iba bien, siempre tenía la agenda llena y solía postear sus trabajos en Facebook, pero la vida tiene golpes bajos preparados para cuando crees que vas ganando.
En las relaciones de pareja, cuando ocurre esto y no controlas las emociones, terminas escribiendo una novela virtual. Cada posteo de mi amigo era una confesión agria que servía de carne fresca para los chismosos de domingo por la tarde.
Y aquí viene la pregunta que te estarás haciendo: ¿Qué tiene que ver un chisme de infidelidad con la carrera de Ciencias de la Comunicación?
Mucho y nada a la vez.
Porque la vida es así de injusta. No importa todo lo que hayas construido. No importa que tengas una carrera pagada, una licenciatura y hasta una maestría. Al mundo real no le interesa tu cartón colgado en la pared, sino qué eres capaz de hacer con lo que sabes hoy, en este preciso segundo.
En la calle te vas a topar con muchos colegas en la misma situación que Machín, lamentándose de lo injusta que es la sociedad. Dicen que no valoran su trayectoria, que las empresas «deberían» fijarse en ellos por su currículum. Pero la vida es como esa mujer infiel: no le interesa cuán bien la hayas tratado en el pasado; cuando se cansa de ti o aparece algo más «atractivo», te dejará a la deriva en un mar de lágrimas sin mirar atrás.

Te percatas de que otros triunfan y te da rabia porque sientes que sigues en el mismo lugar. Ves que se viraliza el video de «Pol Deportes» narrando un partido en un cerro y que ya lo invitó Telemundo para el Mundial 2026, mientras tú, con tu título y tus años de experiencia (1995-1999), sientes que no te toman en cuenta. Sientes ese mismo dolor punzante que sintió mi amigo al verse traicionado por alguien que juró fidelidad eterna.
La comunicación, al igual que el mercado, es un Juego de Tronos. El que sabe mover bien sus fichas es el que sobrevive. En un mundo saturado de «licenciados», la única forma de no ser traicionado por el olvido es mostrar tu talento, dejar de competir por precio o por currículum y empezar a diferenciarse con una marca personal que sea imposible de ignorar.
Sé que mi amigo Machín se va a recuperar. El talento lo tiene y las heridas sentimentales, aunque duelen más que la partida de un familiar, terminan sanando. Ya lo veo otra vez con la cámara en mano, cobrando lo que vale su arte.
¿Y tú? Con tu experiencia en la carrera de comunicaciones, ¿vas a seguir llorando por la «infidelidad» del mercado o vas a demostrarle a la vida que finalmente estás listo para destacar?
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