Llevo dos semanas un poco desconectado de la escritura por una pasión que me está consumiendo por dentro. Le estoy dedicando varias horas de mi tiempo; un espacio que anteriormente le pertenecía por completo a la lectura y a la escritura. Estoy practicando para perfeccionar el sonido de mi armónica.
Quizás pienses que no es justo, que solo se puede elegir una de dos sopas. Pero si ambos platillos te gustan, ¿por qué no disfrutar de ambos? En una nota anterior comenté que el don de escribir nació conmigo. Durante mi adolescencia y parte de mi adultez, simplemente lo fui perfeccionando.
Recuerdo que mis primeros cuentos o novelas los escribía primero a mano, en un cuaderno. Luego pasaba todo a la computadora. Era un trabajo doble, pero en su momento me gustaba porque me permitía pulir lo ya escrito. Con el tiempo entendí que, más que una ventaja, era una desventaja. Tener un don no lo es todo; el secreto está en el esfuerzo diario.
Mi verdadero talón de Aquiles era la desconexión. Me costaba horrores conectar la mente —que dictaba la escena construida— con mis dedos, para plasmar directamente en la hoja en blanco de la computadora. Me frustraba no poder escribir los diálogos de esos personajes que vivían en mi cabeza y que solo cobraban vida al ser impresos. Quería que, con solo una acción o una palabra, el lector descubriera sus verdaderas intenciones.
Admiraba a los viejos reporteros de los diarios. Estoy seguro de que ninguno de ellos escribía primero la noticia en una libreta para luego transcribirla a la máquina. Anotaban los puntos importantes, sí, pero cuando se plantaban frente a la hoja en blanco, su mente y sus dedos eran uno solo. Lograban escribir sus notas de un tirón, acompañados de un cigarro y un café negro.

Ahora, casi por cumplir los 50 años, esa fluidez para escribir se ha vuelto tan natural como si fuera uno de esos periodistas de medios impresos. Soy el escritor que sigue pensando en su siguiente novela, dándole vida a un blog que muchos románticos de la vieja escuela dicen que ya pasó de moda. Dicen que ya nadie lee. Yo pienso lo contrario. Las universidades siguen sacando egresados de Comunicación. ¿Qué pasa con ellos? ¿Dónde consiguen trabajo? ¿Dónde nutren sus nuevos conocimientos?
Hace poco vi un video corto de una actriz que sobrepasa los 70 años. Contaba cómo han cambiado los castings en su industria. Ahora solo la llaman cuando buscan a una anciana que está por morir o que sufre una terrible enfermedad. Ella está completamente saludable y sigue amando la actuación, pero ya no puede optar por el papel de una madre primeriza o de una mujer que busca venganza. Su edad cronológica no se lo permite, y es una realidad que le ocurre incluso a las estrellas de Hollywood. Conforme pasan los años, los papeles varían.
Yo no soy un actor famoso ni un influencer reconocido. Solo soy un Licenciado en Ciencias de la Comunicación al que le apasiona escribir, que adora su carrera y que disfruta contar historias cortas sobre este oficio. Alguien que recientemente decidió cumplir su otro sueño: tocar la armónica, y que actualmente se debate entre compartir ambas pasiones.
La escritura nació conmigo; la música no. No provengo de una familia con vena musical, ni recibí clases durante mi niñez o juventud. Pero nunca es tarde para aprender. A punta de práctica y dedicación absoluta, ya estoy viendo los primeros resultados. Nadie aprende un oficio en un par de días. El tipo fornido y de cuerpo espectacular no moldeó su figura en un gimnasio en solo un mes.
¿Qué tiene que ver esta crónica con nuestra carrera? Es simple. Dime en qué eres bueno. Si tienes un don, te toca perfeccionarlo. Te tomará tiempo, pero te será más fácil porque el talento ya habita en ti. Pero si no naciste con el talento que deseas, la regla cambia: puedes aprenderlo. Puedes dominar cualquier nuevo oficio; todo depende del tiempo y la obsesión que le dediques.
¿Por qué escribimos? Escribimos porque las palabras son el único rincón del mundo donde el tiempo se ralentiza y nosotros recuperamos el control. Escribimos por necesidad, para poner orden a los demonios y a los proyectos que nos queman el pecho. En mi caso, escribo para demostrarme que las historias, al igual que las notas de una armónica bien ensayada, no entienden de edades, de crisis ni de pasados. Al final del día, nos plantamos frente a la hoja en blanco por una sola razón: porque las hojas, como la vida misma, solo cobran un verdadero sentido cuando te atreves a llenarlos.