Retomé la lectura de novelas de ficción. Este mes de agosto, modestamente, superé las seis novelas de suspenso leídas. Era un hábito que había dejado de lado para enfocarme en libros de emprendimiento, marketing digital y marca personal, lecturas que alimentan constantemente este blog. Pero las historias para un escritor son como los chismes de barrio o los comentarios de pasillo en el trabajo: simplemente te encuentran.
Las historias donde hay una muerte y nadie sabe quién es el culpable siempre me han apasionado. Crecí siendo fanático de los casos de Sherlock Holmes —publicados entre 1887 y 1927— y, aunque ya pasó un siglo, la fascinación sigue intacta. Han surgido nuevos autores y una infinidad de novelas llevadas al cine con éxito, como El coleccionista de huesos o El silencio de los inocentes; otras nacieron directamente para la pantalla grande, como Seven (Los siete pecados capitales). Y si nos acercamos a producciones posteriores al 2000, me quedo con dos películas españolas donde el suspenso te atrapa desde el primer minuto: Contratiempo y El cuerpo.

En cuanto a novelas contemporáneas de ficción, me fascinan La paciente silenciosa, La chica del tren (también adaptada al cine) y La pareja de al lado.
La última novela que publiqué fue en 2018. A partir de ese momento, mi mente se concentró en hacer crecer mi negocio y en devorar libros que me ayudaran a avanzar en el mundo del emprendimiento. Sin embargo, es imposible guardar el talento o la pasión en un baúl.
Hace unos meses, una idea empezó a hacerme ruido en la cabeza y no me dejaba tranquilo. Uno de mis primeros maestros me enseñó que un escritor, antes de empezar cualquier novela, debe tener claros dos puntos: cómo inicia la historia y cuál es su final. Tenía toda la razón. Cada novela que escribí nació porque ya tenía el desenlace listo e inamovible.
Y volvió a ocurrir con este nuevo proyecto. Con el inicio y el final definidos, comienzo a construir a los protagonistas y antagonistas, así como los capítulos que luego, como en una partida de ajedrez, puedo mover hacia adelante o hacia atrás al puro estilo narrativo de Pulp Fiction.

Otra gran ventaja es apoyarse en otros autores que ya recorrieron el camino: sus historias alumbran el mapa y uno absorbe esas técnicas para enriquecer las propias.
De algo sí les puedo adelantar: como comunicador, me resulta imposible desprenderme de la profesión. Por eso, el protagonista será un periodista. Mi dilema principal estaba en definir su edad para la investigación.
Al principio pensé en un veterano de la vieja escuela que no supo adaptarse a la tecnología, que prefería la máquina de escribir antes que una computadora y que lidiaba a regañadientes con las redes sociales, las aplicaciones móviles y un entorno donde los medios tradicionales agonizan frente a los podcasts y los streamers. La idea incluía un interés romántico: una joven aprendiz que terminaba enamorada de este veterano, testigo de la caída de los medios en los que alguna vez fue un referente.

Sin embargo, decidí descartar al personaje mayor por uno más joven. Alguien que, aunque estudió la carrera y atestiguó la decadencia de la prensa tradicional, supo saltar del barco a tiempo para apostar por los medios digitales. Esta decisión aporta verosimilitud a las escenas de acción e investigación, donde muchas veces la agilidad y la inteligencia son armas más eficaces que la fuerza bruta.
Para cerrar: una novela no se cocina en uno o tres meses; requiere su tiempo, como el buen vino.
Y respecto a la inteligencia artificial, ya he conversado con Gemini y creé un Gem especializado para que me asista como copiloto con documentación, estructura y reducción de tiempos de investigación. Pero tengo algo muy claro: jamás permitiré que la IA escriba la historia por mí; esa voz y esa visión son mías. A lo largo de este viaje de creación, les iré compartiendo en varias notas cómo va siendo esta experiencia de trabajo en equipo.