Mira, se dice por ahí que solo toma 21 días convertir algo en un hábito. Es una frase que suena bien en los libros de autoayuda, pero en el campo donde nos ganamos la vida, la realidad es otra.
¿Cuánto tiempo nos toma aprender un nuevo talento? ¿Cuánto le llevó al periodista redactar sus notas o al escritor parir una novela desde cero? ¿Cuánto tiempo necesitó el camarógrafo y el editor para que sus cortes precisos atrapen al espectador de principio a fin y lo dejen queriendo ser como él?
La verdad es que todos somos novatos a cualquier edad cuando decides aprender algo nuevo. Nunca dejamos de aprender. Si no pasas de los 20 años, naciste con la tecnología bajo el brazo y un teléfono lleno de aplicaciones que te facilitan la vida. A los que sobrepasamos los 40 nos toma un poco más de tiempo, pero nos adaptamos.
Mi primera novela la publiqué a los 25 años, pero el proceso de escritura y corrección me tomó tres años. Eso sin contar las tres novelas anteriores que nadie leyó y en las que pagué la novatada. Cuando dejas de escribir tus historias personales y pasas a la ficción pura, es que estás listo para el gran paso. Pero para escribir, primero hay que ser un lector empedernido. Yo cultivé la lectura desde los trece años, devorando a Salgari, Dumas y García Márquez en las ferias de Trujillo. Nadie me obligaba; lo hacía porque me gustaba.

Actualmente llevo dos años con la armónica. Empecé sin saber teoría musical y eso me complicó todo; no conocía las notas ni las escalas, solo tenía mi oído. Era un sueño desde los quince años, pero en Trujillo no había quién enseñara. Me compré armónicas dos veces y solo me dejaba llevar por el oído sacando riffs de Arena Hash, Miguel Mateos o Maná, pero no podía pasar de ahí.
Los años pasaron. Cuando resuelves tus responsabilidades y te sobra tiempo, sabes que es momento de retomar ese deseo. Pasé por dos profesores hasta encontrar a uno con quien congeniar. Me costó tocar al compás y todavía no lo domino al ciento por ciento, pero mi reto era tocar sobre una pista. Muchas veces quise tirar la toalla, pero ese deseo de dominar aquel instrumento me regresaba la motivación.
No traía el don de la música como el de escribir; la escritura nació conmigo, pero la armónica fue aprender de cero y adecuarme a una rutina que toma tiempo. Es lo mismo que cuando aprendí a grabar. Mis primeras tomas salían movidas, tenía un pulso atroz y cargaba un trípode a todos lados. Con el tiempo y las entrevistas en espacios reducidos, aprendí que tu mano debe ser el trípode.
Mi terquedad no tiene límites. Ahora que domino un poco más la armónica, siento que me falta respiración y ritmo para no ahogar las notas finales. El mejor consejo que vi fue tomar clases de canto para aprender a usar el diafragma, y ya voy por mi cuarta clase semanal.

¿Y qué tienen que ver las clases de canto o armónica con la comunicación? Es sencillo: vivimos en un mundo tan cambiante que, si no estás dispuesto a especializarte en Inteligencia Artificial (en la que también me estoy actualizando), a escribir guiones o a lo que te haga falta, estarás en desventaja frente a tus colegas.
El marketing digital lo aprendí creando fan pages y cuentas de Instagram para negocios allá por el 2014. No soy experto en métricas, pero sé cuándo un video por el que pagué publicidad me atrae clientes nuevos. La mayoría de los videos de mi negocio los grabé con mi celular. De hecho, mi video más popular lleva tres años promocionándose y, cual guerrero espartano, sigue compitiendo y trayendo clientes cada día.
Sigo con ganas de aprender cosas que me apasionen. Quizás las clases de canto no me lleven a estadios, pero saber respirar ayuda a mi salud. Y tocar la armónica me ha conectado con mis clientes; cuando ven mis historias, se dan cuenta de que no solo llevo un negocio, sino que tengo ese talento tardío.
Todo lo que he aprendido desde que salí de la universidad en 1999 es el culpable de que hoy pueda estar tomando estas clases. Mi blog, Crónicas de un comunicador, nace para contar estas historias vividas en 26 años de carrera independiente, desde diarios y revistas hasta la producción audiovisual.
En este mundo tan competitivo, la mejor manera de resaltar no es copiar a otros, sino diferenciarte con tu propia marca personal, esa que nadie puede replicar porque nadie ha vivido tu historia ni tiene tus cicatrices.
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